domingo, 4 de octubre de 2009

Tercera carta de Niccolò Machiavelli a Zeferinum de Torreblancum: Salvador Aguilar

Tercera carta de Niccolò Machiavelli al magníficum Duque del Sur, Zeferinum de Torreblancum

Excelentísimo señor, si me atrevo a escribirle de nuevo, es porque después de Florencia, tengo una especial predilección por esa bella tierra que está bajo vuestra protección, y que por vuestros métodos despóticos de gobierno, estáis arrojando a la ingobernabilidad.

En los catorce años que serví a Florencia y traté con reyes, príncipes y papas, jamás vi tanta torpeza para manejar los asuntos de Estado; nadie había faltado a las normas del buen gobierno como vuestra excelencia, a pesar de que tuve a bien daros algunos consejos al inicio de vuestro encargo, todos los cuales habéis ignorado.

Nunca había visto derrochar el capital político de la manera en que lo habéis hecho vos. Todo buen gobernante sabe que aquel que llega al gobierno con la ayuda de los grandes, se mantiene en él con mayor dificultad que el que el que llega con la ayuda del pueblo; basta con ganarse a éste, convirtiéndose en su protector, para afianzarse en el poder, puesto que los hombres, cuando reciben el bien de quien esperaban mal, se sienten más obligado hacia su benefactor. Pero vos habéis hecho exactamente lo contrario; llegasteis al poder con la ayuda del pueblo y le habéis dado la espalda. Eso en italiano y en español se llama traición, y no lo perdona ningún ciudadano.
Os advertí sobre los aduladores y persististeis en rodearos de una caterva de inútiles que os han llevado a la perdición. Os previne de la dificultad que significa la introducción de un nuevo orden de gobierno, por lo difícil que es enfrentar el malestar de los que habéis desplazado y ganar la confianza de los aliados. Vos perseverasteis en alejaros del pueblo, a pesar de que eso es mortal para un gobernante, olvidando que con un pueblo enemigo, un príncipe jamás estará seguro, porque son multitud, de los grandes se puede estarlo pues son pocos.

No me sorprende estas torpezas, pues es bien sabido que aquellos que de simples particulares llegan a príncipes, sólo con la ayuda de la fortuna, con poco esfuerzo llegan al poder, pero en cambio han de luchar mucho para mantenerse en él; se que vos no tenéis grandes conocimientos en el arte de gobernar, y poco sabéis de historia y de los ejemplos de los grandes hombres, pues antes de vuestro encargo os dedicabais más bien al comercio y a la dolce vita, que a reflexionar sobre el poder, pero quienes queremos a este estado, nos hubiese gustado que nos sorprendiera, pero manejasteis el gobierno como administrabais vuestras tiendas de abarrotes.

Suele decirse que hay hombres tan virtuosos y sabios en la ciencia de gobernar que para ser reyes sólo le faltaba el reino, en vuestro caso es al contrario, lo único que tenéis de gobernante es que la fortuna ha puesto en vuestras manos esta provincia, pero nada sabéis de los secretos del poder. Para probaros mi afirmación baste sólo un ejemplo:

Cualquier consejero sabe que al responsabilizarse de un Estado, el príncipe deberá estudiar muy bien todas aquellas ofensas que considere ineludibles, y actuarlas de golpe, para no tener que renovarlas día a día, y así, no renovándolas, poder tranquilizar a sus nuevos súbditos, y ganárselos fácilmente con nuevos favores, porque las injurias han de hacerse todas a la vez, para que paladeándolas menos hagan también menos daño, mientras que los favores han de hacerse poco a poco, para que puedan saborearse mejor.

Vos habéis hecho todo lo contrario; los escasísimos bienes que habéis derramado sobre esta sociedad los llevasteis a cabo los dos primeros días de vuestro gobierno, que fueron por cierto sólo promesas de empleo y de justicia, más los males han sido abundantemente esparcidos durante los cuatro años y medio de vuestra administración, causando una gran desazón en la ciudadanía.

Más este año ha sido el más pródigo en perjuicios y perversidades vuestras, tantas que habéis superado a cualquier tirano de mi querida Italia. No penséis que soy de esos llorones moralistas que se espantan ante la dureza de los políticos. Recordad que yo sistematice algunas de las reglas de la política moderna, que no es precisamente esas sandeces de que “el bien justifica los medios”, o eso de dividir para vencer; esos son inventos de mis perores lectores. Pero si sé que la política no debe estar sujeta a las reglas de la moral, pues son disciplinas autónomas.

No me espanta la violencia en política. Aplaudí algunas de las acciones de Cesar Borgia, incluso la terrible masacre de Sinigallia, cuando se deshizo en forma despiadada de sus enemigos, aquellos tiranos que lo habían traicionado, o cuando para contentar al pueblo, ejecutó al terrible Ramiro Lorqua, partiéndolo en dos y exhibiéndolo en la plaza, pero el actuaba contra otros tiranos, y no contra el pueblo o contra dirigentes sociales.
Pero aún en política la violencia tiene reglas, puede justificarse si contribuye a la creación de la paz y el orden, en beneficio del pueblo, es decir, de muchos contra pocos. Pero qué sentido tiene la violencia contra un personaje como Armando Chavarría, que genera zozobra, incertidumbre y desconfianza contra el gobierno; esta violencia no sólo es inútil y torpe, es suicida. Y no la justifica el hecho de que el poder tenga todos los medios para evitar que se encuentre a los culpables. Tampoco se supo jamás quien asesinó a Ramiro Lorqua, pero nadie dudó que el responsable fuera el hijo del papa, porque sería peor que un príncipe no sepa lo que sucede en sus dominios.
Señor Duque de Torreblanca, en cuatro años y medio habéis demostrado un desconocimiento total de la ciencia de gobierno. Cómo es posible que una persona que fue capaz de conquistar el poder incurra en tantos errores; uno estaría tentado a disculparos, diciendo que fuisteis mal aconsejado. Sin embargo, esto estaría en contra de lo que escribí alguna vez cuando afirmaba que “existen tres clases de inteligencia; una comprende las cosas por sí misma, otros disciernen los que otros comprenden y la tercera no comprende nada ni por sí misma ni por medio de otros. Un príncipe que no sea inteligente por sí mismo, no puede nunca ser bien aconsejado, a menos que por casualidad caiga en manos de un único hombre prudentísimo que lo gobierne en todo. Por lo tanto vos no tenéis disculpa.

Habéis perdido la oportunidad que todo hombre de Estado busca: instaurar un nuevo orden de gobierno; habéis derrochado una enorme fuerza que la fortuna y la ingenuidad de los perredistas puso en vuestras manos; habéis traicionado la esperanza del pueblo; y, por acción o por omisión, habéis acabado con un hombre de gobierno en el que algunos ciudadanos tenían puestas sus esperanzas. Si gobernar es, como dicen los que saben, mandar con autoridad o regir algo, vos habéis dejado de hacerlo, pues ya nadie os respeta. Esto hace insostenible vuestra permanencia en el gobierno. Más o valdría señor Duque abdicar y dedicaros a lo que mejor hacéis; agrandar vuestra hacienda.

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Jorge Salvador Aguilar Gómez